Una tercera vía entre los extremos ideológicos

Imagínate que estás a punto de abordar un avión para el viaje más importante de tu vida y alguien te dice: «Tienes que elegir: ¿quieres volar solo con el ala izquierda o solo con el ala derecha?» Probablemente pensarías que esa persona perdió completamente la razón. Cualquiera con dos dedos de frente sabe que un avión necesita ambas alas para volar. Sin embargo, eso es exactamente lo que nos está pasando como sociedad. De alguna manera nos hemos visto obligados a elegir entre «alas» políticas y/o culturales como si fuera posible volar con una sola. Y nosotros, increíblemente, hemos aceptado este juego absurdo ya por mucho tiempo.
El mundo después de la tormenta

Han pasado cinco años desde que una pandemia global nos recordó, de la manera más cruda posible, lo frágiles que somos como seres humanos. Ese diminuto virus, invisible al ojo humano, logró lo que ni el ejercito más grande había conseguido: detener el mundo entero. No discriminó entre ricos y pobres, jóvenes y ancianos, blancos y negros o creyentes y ateos. Todos fuimos iguales. Durante interminables meses nos obligó a encerrarnos, a repensar nuestras vidas y a enfrentar nuestros miedos más profundos. Las calles se vaciaron, los aviones se quedaron en tierra y con ellos nuestros planes de viajar. Fue como si alguien hubiera presionado el botón de pausa y toda la energía del mundo moderno entráse en un silencio insoportable.
Las pérdidas fueron devastadoras. No solo perdimos seres queridos; también perdimos la libertad de ir y venir, de abrazarnos sin miedo, de ser espontáneos. Algunos perdieron trabajos, sueños, bodas soñadas y planes de vida. Pero quizás lo más preocupante es lo que hemos perdido desde entonces: la capacidad de escucharnos y de debatir sin destruirnos.
El aislamiento nos cambió profundamente. El miedo se instaló en nuestras vidas como un huésped no invitado que se niega a marcharse. Y como siempre ocurre cuando el miedo colectivo toma el control, aparecieron voces en los extremos ofreciendo refugios y respuestas simples. Las redes sociales y los medios, que deberían habernos mantenido informados y unidos, se convirtieron más bien en trincheras enfrentadas a muerte.
La falsa elección: izquierda vs. derecha

Hoy vivimos en un mundo donde pareciera que solo existen dos opciones, como si la realidad fuera un videojuego primitivo de dos botones: derecha o izquierda, conservador o progresista, tradicional o moderno. No hay espacio para matices o terceras opciones.
Por un lado está «la izquierda«, que en su mejor versión busca justicia social, proteger a los más vulnerables e incluir a todos en el banquete de la dignidad humana. Pienso en figuras como la Madre Teresa, quien dedicó su vida a cuidar a los más pobres y enfermos en las calles de Calcuta. Donde otros veían desprecio, ella veía rostros humanos que necesitaban amor. Su compasión era tan radical que nos parecería hoy en día, en nuestra siempre pulcra y conveniente sociedad occidental, algo completamente descabellado.
Por el otro lado está «la derecha«, que en su mejor versión defiende valores como la libertad individual, el orden civil y la responsabilidad personal. Pienso en personajes como Aristóteles, quien enseñaba que la virtud está en el término medio y que una sociedad justa necesita tanto libertad como responsabilidad. Para él, sin orden y estructura, la libertad se convierte en caos; sin verdad objetiva, la compasión se vuelve un mero sentimentalismo destructivo. Así por ejemplo, un padre que ama a su hijo sabrá decirle «no» cuando este le pida un cuchillo para jugar, precisamente porque lo ama.
Si tuviéramos que resumirlo en palabras sencillas, podríamos decir que la izquierda representa el amor y la compasión, mientras que la derecha representa la verdad y la justicia. Claro, esto es una simplificación extrema, pero nos ayuda a entender el punto central. El problema en mi opinión surge cuando nos obligan a elegir, como si fuera imposible tener ambas. Es como si nos dijeran: «¿Prefieres un mundo con amor pero sin verdad, o un mundo con verdad pero sin amor?» ¿Quién en su sano juicio querría vivir en cualquiera de esos mundos distópicos?
Una tercera vía: el ejemplo de Jesús

Aquí es donde la perspectiva cristiana ofrece algo radicalmente diferente. No se trata de ser religioso o no; se trata de observar un modelo histórico que funcionó muy bien. Jesús de Nazaret vivió de una manera que unía cosas que parecían imposibles de unir: habló la verdad más dura sin perder ni un gramo de amor, mostró compasión infinita sin abandonar la justicia más estricta ni la verdad sobre su identidad como Hijo de Dios.
Pienso en el episodio de la mujer sorprendida en adulterio. Los fariseos, representando la «derecha» de su tiempo, querían aplicar la ley sin misericordia: «La ley dice que debe morir apedreada». Jesús no negó la ley ni minimizó el pecado. Pero tampoco condenó a la persona. «El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra«, dijo. Y cuando todos se fueron, le dijo a la mujer: «Yo tampoco te condeno. Vete y no peques más«.
Confrontó el pecado sin aplastar a la persona. Defendió la verdad sin falta de misericordia. Fue firme en sus principios, pero infinitamente compasivo con las personas quebrantadas. En medio de un mundo sumido en la opresión romana y la indiferencia social de los líderes religiosos por los pobres, Jesús entró en escena siendo Dios hecho hombre para anunciar el Reino de los cielos. Un reino marcado no por la soberbia y opresión del débil, sino movido por la compasión y la justicia. Denunció la hipocresía e indiferencia moral de los fariseos, pero también llamaba a los pecadores a arrepentirse y seguirle.
Lecciones de la historia: cuando funciona y cuando falla

La historia nos enseña que esta síntesis no solo es posible, sino que es la única que realmente funciona a largo plazo. Aristóteles ayudó a sentar las bases del pensamiento occidental al mostrar por ejemplo que la virtud está en el punto equilibrado donde la razón y el corazón se encuentran. Un padre responsable sabe cuándo decir «no» a su hijo para protegerlo, pero también sabe cuándo dedicarle tiempo y reír con él. Sabe cuando disciplinarlo y cuando dejarlo actuar libre y espontaneamente.
Santo Tomás de Aquino, en el siglo XIII, llevó esto más lejos, construyendo un sistema de pensamiento que unía la razón griega con la revelación cristiana. Su genio consistió en mostrar que no hay contradicción entre pensar bien y amar bien, entre buscar la verdad y practicar la misericordia. Para Aquino, la fe no era enemiga de la razón sino su compañera y aliada perfecta. Por ejemplo, cuando un comerciante le preguntaba sobre el precio justo, él no respondía con puras emociones ni con fría matemática, sino con principios que honraban tanto la dignidad del trabajador como la realidad económica. Creía que Dios nos dio la razón para usarla, no para abandonarla en nombre del amor.

En tiempos más recientes, Nelson Mandela nos dio una lección magistral de cómo se ve esto en la práctica política. Después de 27 años en prisión bajo el brutal sistema del apartheid que clasificaba a los seres humanos por el color de su piel y negaba derechos básicos a millones de sudafricanos negros, tenía todos los motivos para buscar venganza contra sus opresores. El apartheid no era solo segregación; era un sistema que destruía familias, negaba educación, salud y dignidad a la mayoría de la población. La «izquierda» revolucionaria le pedía sangre; la «derecha» conservadora esperaba que mantuviera el status quo. Mandela eligió un tercer camino: justicia sin venganza, verdad sin odio. Creó la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, donde los crímenes del apartheid fueron expuestos pero también perdonados cuando hubo arrepentimiento genuino.
Pero la historia también nos advierte sobre los peligros de los extremos. Cuando el malestar social es manipulado por líderes ambiciosos y cuando el miedo se convierte en odio hacia el otro, aparecen figuras como Adolf Hitler o Joseph Stalin, que destruyeron las bases mismas de la humanidad sumiendo al mundo en el siglo XX en uno de los periodos más represivos, lúgubres y siniestros que hemos visto.
Hitler apeló al nacionalismo extremo y al resentimiento de un pueblo humillado después de la Primera Guerra Mundial. Prometió orden, pero entregó caos. Habló de pureza racial, pero sembró la tiranía más macabra del siglo XX. Su «verdad» sin amor se convirtió en la mentira más letal de la historia moderna. El Holocausto, donde seis millones de judíos fueron sistemáticamente asesinados, nos muestra hacia dónde se conduce una sociedad que pierde el amor en pos de su propia «verdad». Nuestra realidad actual no dista mucho de aquella, donde la crisis económica y la pérdida de identidad en Alemania fueron el caldo de cultivo perfecto para que un líder carismático como Hitler ofreciera soluciones simples a problemas complejos. La gente, desesperada por certezas, entregó su capacidad de pensar críticamente a cambio de la ilusión de prosperidad para hacer de Alemania una nación grande de nuevo. El resultado fue una de las mayores tragedias de la humanidad.

Stalin, por su parte, prometió justicia para los trabajadores y los pobres. Habló de igualdad y fraternidad para derrocar a la oligarquía en la hoy ya extinta Unión Soviética. Pero su «amor» sin verdad se convirtió en tiranía asesina. Se estima que entre 20 y 30 millones de personas murieron bajo su régimen, muchas en los gulags siberianos, campos de trabajo forzado donde se enviaba a cualquiera considerado «enemigo del pueblo«. En nombre de un futuro utópico que nunca llegó, millones fueron ejecutados, torturados o dejados morir de hambre. Algo similar vemos hoy con el creciente control gubernamental sobre nuestras libertades en nombre de la «seguridad» o el «bien común». Stalin nos advierte que los tiranos siempre llegan prometiendo protegernos de algún enemigo, solo para convertirse ellos mismos en el peor tirano de todos.
El desafío de nuestra generación
Como jóvenes del siglo XXI, enfrentamos un desafío único en la historia humana ya que vivimos en la era de la información, sin embargo, nunca habíamos estado tan desinformados. Tenemos más herramientas al alcance de nuestras manos para conectarnos que cualquier generación anterior, pero nunca habíamos estado tan polarizados y solos. Las redes sociales, que prometían democratizar la información y conectarnos con el resto del mundo, se han convertido en cámaras de eco donde solo escuchamos voces que confirman lo que ya creemos. Los algoritmos de estas grandes multinacionales (donde nosotros somos el producto) nos alimentan contenido diseñado para provocar indignación porque la indignación genera clics, y los clics generan dinero. El resultado es una sociedad adicta a la rabia, incapaz de escuchar perspectivas diferentes.

Como consecuencia de este aislamiento y polarización, vivimos también en una época de crisis de autoridad. Las instituciones tradicionales como la familia, la iglesia, la escuela, el gobierno, entre otras, han perdido credibilidad. Los jóvenes buscamos identidad y significado en «tribus digitales» que ofrecen pertenencia a cambio de conformidad ideológica. Sucede entonces que el concepto de verdad objetiva -como afirmar que 2 + 2 = 4- corre el peligro de sujetarse a las opiniones, gustos y emociones de individuos, en lugar de basarse en el consenso que dictan la razón y el bien común. Paradójicamente, también enfrentamos el extremo opuesto: situaciones donde, en nombre de esa misma verdad objetiva, estamos dispuestos a pasar por encima de los demás, en lugar de estar dispuestos primero a escucharlos.
‘Contracultura’


Mi propósito en Contracultura es precisamente este: analizar el desafío de nuestra generación y proponer una alternativa a las narrativas dominantes. Este desafío no consiste en elegir un bando, sino recuperar las dos alas del avión. Necesitamos volver a un marco común donde podamos debatir sin destruirnos, construir sin perder de vista la verdad, amar sin abandonar la razón, buscar justicia sin caer en la venganza, y mostrar compasión sin caer en el relativismo moral. Esto significa aprender a hacer preguntas difíciles: ¿Es posible que mi «bando» esté equivocado en algo? ¿Puedo encontrar algo de verdad en la posición de mis «oponentes»? ¿Estoy buscando entender o solo ganar? ¿Mi amor por la justicia se está convirtiendo en sed de venganza? ¿Mi deseo de incluir a todos me está llevando a excluir la verdad?
Con este objetivo quiero abordar algunos temas del debate cultural actual. Temas como la identidad cultural, la economía global, la dignidad humana, la libertad social y los avances tecnológicos. Mi intención es realizar un análisis objetivo desde mi fe, utilizando la razón y la lógica, con el propósito de que no tengamos que repetir los errores del pasado de elegir ciegamente un bando u otro. Por el contrario, busco que seamos capaces de tomar lo mejor de cada ala y, siguiendo el ejemplo de Aristóteles, Jesús o Mandela, nos elevemos hacia nuevas alturas que trasciendan las ideologías de los extremos.
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