La Sucesión Apostólica y la Unidad de la Iglesia Primitiva

Despreciar la historia de la Iglesia es tan grave como leer solo el Nuevo Testamento y rechazar el Antiguo. Sin las raíces de la creación, los patriarcas, Israel y los profetas, el Evangelio quedaría suspendido, sin contexto ni memoria. Algo parecido ocurre cuando ignoramos los primeros siglos del cristianismo: entendemos a Cristo, pero perdemos el suelo donde su enseñanza se encarnó.
Por eso quiero concentrarme aquí en los primeros tres siglos, del año 30 al 313, una época marcada por persecuciones, herejías y crecimiento sorprendente. Y lo haré con una imagen sencilla que nos servirá de guía: si la Biblia es el mapa, la Tradición es la tripulación de la barca -La Iglesia– que avanza en el mar del tiempo, siempre conducida por su Capitán, que es Cristo. Lo que me interesa mostrar es cómo navegó esa barca en sus primeros pasos, cuando las tormentas eran intensas y parecía imposible seguir a flote.
1) Pedro, las llaves y la Iglesia que discierne

Jesús no fundó un club de lectura ni dejó un manual de instrucciones escritas. Dejó Apóstoles con autoridad de servicio. En Mateo 16:18–19, confía a Pedro las llaves del Reino. «Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielo». Esta imagen es antigua y cualquier judío estudioso de la Ley reconocería a Isaías 22:22 en la que Dios refiriéndose a Eliacim con encargo real de Mayordomo en la casa de David dice: «Y pondré la llave de la casa de David sobre su hombro; y abrirá, y nadie cerrará; cerrará y nadie abrirá». Esto no era una metáfora o un adorno literario, sino una delegación concreta.
¿Cómo es que Pedro es fundamento, Mayordomo y Vicario actúando en nombre de Cristo en la Iglesia? Después de la Pascua antes de la Pasión, Cristo se vuelve en tono personal a Pedro y le dice tres veces : “¿Pedro, me amas?…Apacienta mis ovejas” (Juan 21:15–17). No es un título honorífico; es un encargo de pastoreo y cuidado real. Y cuando llega la primera gran crisis doctrinal -¿cómo integrar a los gentiles en la Iglesia sin hacerlos pasar por los requisitos de la Ley de Moisés?- la Iglesia no opta por “cada uno por su lado”, sino que convoca el primer concilio de la Iglesia -el Concilio de Jerusalén (Hechos 15)-. Aquí hablan muchos, sin embargo es Pedro quien toma la palabra y fija el rumbo de no imponer cargas innecesarias a los gentiles. Santiago como obispo de Jerusalén, formula luego pastoralmente la decisión. La conclusión no es “cada uno con su interpretación”, sino un decreto común en el que la Iglesia discierne unida.
Esa autoridad es transmisible. Por ejemplo, Pablo ordena a Tito y Timoteo instituir presbíteros y custodiar el “depósito” de la fe. Pablo le dice a Tito: “Te dejé en Creta para que establecieras presbíteros en cada ciudad” (Tito 1:5). A Timoteo le encarga en tono pastoral: “Lo que oíste de mí… encárgalo a hombres fieles que puedan enseñar a otros” ( 2 Timoteo 2:2). Así la autoridad y sucesión apostólica comienza a dibujarse en el horizonte: Apóstoles → obispos y presbíteros con diáconos al servicio (Filemón. 1:1; Hechos. 6:1–6). No es una teoría elegante; son comunidades concretas: Jerusalén, Antioquía -donde por primera vez se usa el término «cristianos» (Hechos 11:26) – y Roma, marcada por la sangre de Pedro y Pablo (años 60–67), que muy pronto funcionará como referencia de comunión a la Iglesia Universal.
Aquí puede entrar una objeción común por las iglesias protestantes: “Sola Scriptura” (uno de los cinco pilares o «solas» de la Reforma Protestante). Es decir, solo la Biblia basta como norma y autoridad suprema. Y sí, la Escritura es Palabra de Dios y norma suprema. Pero el canon de la Biblia no cayó del cielo encuadernado: fue reconocido por la Iglesia en el siglo IV precisamente para blindar el Evangelio frente a recortes o herejías. Así, la Escritura y la Tradición nunca han competido entre sí; la Tradición es la vida por la que la Escritura fue recibida, celebrada e interpretada fielmente. Si el mapa (Biblia) dice por dónde ir, la tripulación (Tradición) lo organizó y aprendió a leerlo bajo la dirección de Jesucristo.
2) Siglos I–II: Sucesión, Eucaristía y Roma

Después del tiempo de los doce Apóstoles no hubo un salto al vacío. La fe pasó de mano en mano gracias a los Padres de la Iglesia. Y esas manos dejaron cartas, catequesis, descripciones de la liturgia, argumentos contra errores concretos. Cuatro voces son de especial importancia para esta sección.
1) Clemente de Roma (cuarto obispo de Roma, finales del siglo I y pacificador de Iglesias en conflicto) no escribió teoría. Escribió para sanar. En Corinto (Grecia), un grupo había destituido a presbíteros legítimos. Clemente interviene desde Roma con una carta que apela a la paz y a la sucesión. Dice con naturalidad:
“Nuestros apóstoles también sabían, por nuestro Señor Jesucristo, que habría disputas por el oficio del episcopado.” (1 Clemente, 44)
Y completa:
“Constituyeron a los primogénitos… y después dejaron instrucciones para que, cuando ellos se durmieran, otros hombres aprobados sucedieran en su ministerio.” (1 Clemente, 44)
Traducido a palabras sencillas: los Apóstoles previeron conflictos y dejaron criterios para la sucesión. La continuidad así no depende del carisma o conveniencia del momento, sino de una cadena y jerarquía reconocible. Cabe resaltar que el hecho mismo de que Roma medie en una disputa interna de Corinto -sin armas ni privilegio civil- revela que desde temprano la Iglesia romana ejercía un servicio real de comunión y servicio a toda la Iglesia de entonces. No era una forma de imperialismo o monopolio, sino un mediador que ofrecía remedio ante la fragmentación.
2) Ignacio de Antioquía (obispo de Antioquía, mártir hacia el año 107 y testigo ardiente de la comunión eucarística) escribe de camino al martirio. Sus cartas insisten en la unidad con el obispo, el presbiterio y los diáconos. No por obsesión de mando, sino por teología de comunión. En una de sus frases más conocidas cita:
“Dondequiera que aparezca el obispo, allí esté la multitud; así como donde está Jesucristo, allí está la Iglesia católica.” (A los Esmirnitas 8)
Para Ignacio, negar la presencia real de Cristo en la Eucaristía no es un matiz académico; es apartarse del corazón de la vida cristiana. Y refiriéndose a los herejes de su tiempo, Ignacio no vacila:
“Se abstienen de la Eucaristía y de la oración, porque no confiesan que la Eucaristía sea la carne de nuestro Salvador Jesucristo.” (A los Esmirnitas, 7)
Hay que aclarar que “Iglesia católica” no es una etiqueta medieval, sino la realidad de una comunión visible, completa y universal: Cristo presente en la Eucaristía, el pueblo reunido y el obispo como principio de unidad. No se trata de política interna; se trata de quién nos hace uno y dónde ocurre ese milagro. Tal como oraría Jesús al Padre en la última cena: «No ruego solamente por ellos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos; para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado.» (Juan 17: 20-21).
3) Ireneo de Lyon (obispo de Lyon, c. 180; discípulo de Policarpo y heredero de la escuela joánica) combate el gnosticismo que prometía “conocimientos” secretos y despreciaba la creación material. Su método no es inventar una filosofía alternativa, sino mostrar la regla de la fe para enumerar la sucesión. Con una sencillez directa, escribe:
“Podemos enumerar a aquellos que por los apóstoles fueron instituidos obispos en las Iglesias, y mostrar la sucesión.” (Contra las Herejías III, 3, 1)
Y sobre Roma -donde confluyen fieles “desde todas partes”-:
“Es asunto de necesidad que toda Iglesia concuerde con esta Iglesia [Roma], a causa de su preeminente autoridad.” (Contra las Herejías III, 3, 2)
En traducción al habla de hoy: cuando surgen vientos cruzados, concordar con Roma es lo sensato para guardar la fe común. No porque Roma “lo invente todo”, sino porque ejerce una primacía de referencia en la comunión. Esta primacía no es para ser servido, sino que siguiendo la lógica del Reino de los Cielos es una primacía para servir. Como diría Jesús a su doce: «El que quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos» (Marcos 9:35).
4) Justino Mártir (filósofo cristiano, mitad del s. II; apologista y mártir en Roma) nos regala una fotografía de la misa de su tiempo. Su descripción no es teoría o especulación, es un relato histórico:
“El alimento… bendecido por la oración de su palabra… es la carne y la sangre de aquel Jesús que se hizo carne.” (Primera Apología, 66–67)
Ahí está presente la «lex orandi, lex credendi»: lo que la Iglesia ora revela lo que cree. Si en el siglo II los cristianos oraban y comulgaban a Cristo presente en forma real en la Eucaristía, no sorprende que la fe católica, siglos después y hasta hoy, confiese lo mismo pero con un lenguaje más detallado.
Un alto breve en el camino. Entre los siglos I y II ya circulaban errores muy concretos: docetismo (Cristo solo “parecía” tener carne), gnosticismo (salvación elitista por un conocimiento secreto), marcionismo (recortar la Biblia a gusto del predicador), montanismo (ascetismo y carismas desmesurados en vista del regreso de Cristo). La respuesta de la Iglesia antes todas estas desviaciones no fue fabricar otro cristianismo, sino recordar públicamente la regla de la fe, custodiar la sucesión y celebrar la misma Eucaristía. El mapa (Biblia) y la tripulación (Tradición viva, obispos, liturgia) trabajaban juntos. Y la barca (Iglesia), mal que bien, avanzaba.
3) El siglo III: sangre, penitencia y el horizonte de Nicea

El siglo III fue un verdadero laboratorio para la Iglesia, un tiempo de fidelidad herida pero también de mucha esperanza. La persecución contra los cristianos se intensificó: muchos fueron perseguidos, encarcelados, torturados, quemados vivos o lanzados a las fieras en los circos romanos. Y, sin embargo, en medio de esa violencia surgió también un crecimiento inesperado: comunidades que no solo sobrevivían, sino que se fortalecían. En este período floreció la reflexión teológica, se afirmaron las bases de la unidad y se profundizó la vida sacramental.
Cipriano de Cartágo (obispo en el Norte de África; murió mártir en el año 258) se enfrentó a una crisis dolorosa: los «lapsi«, es decir, bautizados que, ante la amenaza de tortura o muerte bajo las persecuciones de Decio (250) y Valeriano (257–258), habían ofrecido incienso a los dioses del Imperio y entregado escritos sagrados para ser destruidos ¿Cómo tratarlos después de la persecución? Algunos pedían admitirlos de inmediato; otros, excluirlos para siempre. Cipriano buscó un camino intermedio: estableció que los «lapsi» debían hacer penitencia pública con ayunos, obras de caridad y súplicas en comunidad. Su frase, valiente y mal interpretada a veces “…no puede tener a Dios por Padre quien no tiene a la Iglesia por Madre” no es un portazo en absoluto. Es una invitación: el regreso al Padre pasa por la Iglesia y sus sacramentos, no por atajos privados. La disciplina de Cipriano no fue una especie de castigo ciego, sino medicina para las heridas. La barca necesitaba mantener el casco firme y sano para seguir navegando.
En este mismo siglo surgieron grandes herramientas intelectuales que dieron fuerza al cristianismo naciente. Tertuliano, un jurista norteafricano de pluma aguda, ofreció a la Iglesia un vocabulario claro y preciso para responder a las nuevas objeciones. Por su parte, Orígenes, maestro en Alejandría (Egipto) y apasionado de la Escritura, enseñó a leer la Biblia (Antiguo Testamento principalmente y algunos manuscritos del Nuevo) con profundidad, uniendo el sentido literal con el espiritual. Gracias a él, generaciones enteras aprendieron a amar la Palabra desde dentro de la Iglesia y no en contra de ella. Ninguno inventó un Evangelio nuevo; lo que hicieron fue custodiar el mismo mensaje pero con palabras más precisas. Sin saberlo, estaban preparando el terreno para los grandes debates teológicos que estallarían en el siglo IV.
La unidad de la Iglesia en aquellos siglos no se apoyaba en privilegios políticos, porque simplemente no los había. Su fuerza se tejía con hilos humildes: la comunión en la Eucaristía, la comunión con el obispo, y de manera especial la referencia a la sede de Pedro en Roma. Por eso, cuando años después apareció el Edicto de Milán en el 313 y más tarde el Concilio de Nicea en el 325, no fue para levantar una iglesia-institución artificial, como si antes no existiera nada. Fue, más bien, para proteger y aclarar lo que los cristianos ya creían y vivían: que Jesucristo es verdadero Dios -como se definió contra Arrio- y que la Iglesia no es una idea dispersa, sino una comunión visible que persevera en la misma fe transmitida por la misma sucesión y autoridad de Cristo.
Y el canon del Nuevo Testamento, preguntarán. Su maduración explícita no llega sino hasta el siglo IV, cuando Atanasio (obispo de Alejandría; campeón de Nicea y pastor incansable), entre otros, enumera por ejemplo los 27 libros en su Carta Festal . Su línea, como golpe de timón de esta barca cita:
“En estos solos [refiriéndose a la Biblia completa incluidos los 27 libros del Nuevo Testamento] se proclama la doctrina de la piedad. Que nadie añada ni quite.” (Carta Festal, 39)
Atanasio no “inventó” el canon bíblico. Lo que hizo fue reconocer oficialmente la lista de libros y cartas que las Iglesias ya leían en todas partes: los mismos textos proclamados en la liturgia, venerados como Palabra de Dios y recibidos como norma segura de fe. Su mérito fue dar forma pública a una práctica que la comunidad cristiana ya vivía de manera unánime. En mi próximo artículo profundizaré en este momento decisivo del siglo IV, cuando la persecución al cristianismo había cesado bajo el emperador Constantino I, y la Biblia -tal como la conocemos- fue recopilada y custodiada en su totalidad por la Iglesia.
La decisión de Atanasio, apoyada en la vida de las Iglesias, fue como fijar una carta náutica común, para que el timonel de aquí y el de allá navegaran con la misma ruta. Sin esa decisión compartida, la barca (Iglesia) se habría convertido en un conjunto de botes dispersos, cada uno siguiendo su propio rumbo, incapaces de llegar al puerto.
Conclusión

Si uno mira sin prejuicios los siglos I al III, el cuadro aparece nítido: Cristo → los Apóstoles → los Padres → la Iglesia. No se trata de un cristianismo de congregaciones aisladas que cada cual entendía a su manera, sino de una comunidad visible con sacramentos que comunican gracia, pastores que guardan la unidad y una sede en Roma que servía de punto de referencia cuando el mar se agitaba.
Ahí están las voces: Clemente de Roma recordando que los Apóstoles previeron conflictos y dejaron sucesores; Ignacio de Antioquía confesando que la Eucaristía es la carne de Cristo y que donde congrega el obispo allí está la Iglesia católica; Ireneo de Lyon desenmascarando las gnosis privadas y señalando la concordia con Roma como garantía sensata; Justino Mártir describiendo con sencillez la liturgia donde “el alimento bendecido por la oración de su palabra es la carne y la sangre de Jesús”. Después vendrán Cipriano, que enseñó a combinar penitencia y misericordia; Tertuliano y Orígenes, afinando el lenguaje y la lectura de la Escritura; y Atanasio, que con claridad apostólica enumeró los libros que ya todas las Iglesias recibían como norma de fe.
La barca es la Iglesia a lo largo de la historia que en comunidades locales avanzó en el tiempo. El mapa -como lo es la Biblia completa- resulta fiel, suficiente y bello. Sin embargo, es la tripulación -compuesta por obispos, presbíteros en sucesión y en comunión con Roma- la que sirvió de referencia cuando la brújula titubeaba ante las tormentas. Un mapa sin tripulación deja a cada uno interpretando en soledad, y la barca deriva. Una tripulación sin mapa se inventa rutas y naufraga en su propia imaginación. Cristo no quiso eso: dejó mapa y tripulación, Palabra inspirada y una Casa viva que la custodie, proclame, celebre e interprete con obediencia.
Este es un tema demasiado extenso al que no se puede llegar a conclusiones rápidas, pero espero haber mostrado un poco con la Biblia y el testimonio de los primeros cristianos, que la Iglesia primitiva no fue un accidente histórico ni un añadido tardío. Fue, y sigue siendo, la continuidad viva de Cristo en medio de su pueblo. Y así, si la Escritura es el mapa y Cristo es el Capitán, estos primeros tres siglos nos enseñan a navegar con confianza reconociendo que en la barca de Cristo aunque han habido tormentas también ha existido una tripulación fiel -la Iglesia- que sigue su rumbo a puerto seguro.
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