El eclipse de Dios a manos del Übermensch

“¿Dónde está Dios? ¡Yo os lo voy a decir! Lo hemos matado, vosotros y yo. Todos nosotros somos sus asesinos. Pero ¿cómo lo hemos hecho? ¿Cómo hemos podido vaciar el mar? ¿Quién nos dio la esponja para borrar todo el horizonte? ¿Qué hemos hecho al desencadenar esta tierra de su sol? ¿Adónde se mueve ahora? ¿Adónde nos movemos nosotros? ¿Lejos de todos los soles. ¿No caemos continuamente? ¿Hacia atrás, hacia los lados, hacia adelante, en todas las direcciones? ¿Hay todavía un arriba y un abajo? ¿No erramos como a través de una nada infinita?”
(Friedrich Nietzsche – La gaya ciencia, 125, “El hombre loco”)
Cuándo perdimos el Centro

A los 22 años me mudé de Texas a Vancouver con una cabeza llena de libros e ideas, con la sensación de que toda una ciudad me esperaba. Recuerdo en mi primer trabajo vívidamente a un compañero del almacén celebrando la legalización del cannabis como si se hubiera derribado el muro de Berlín o ganado un mundial. Al poco tiempo, el aire ya olía distinto con ese olor tan peculiar, y mi forma de ver el mundo empezaba a chocar constantemente con una cultura que vivía sin límites aparentes: “cada uno hace lo que quiere”, sin que nadie hablara de verdad o bien común.
Fue entonces, años más tarde y mirando en retrospectiva, que me golpeó la frase del filósofo alemán de bigote inconfundible, Friedrich Nietzsche: “Dios ha muerto… y nosotros lo hemos matado.” La entendí como lo que realmente era: no un certificado de defunción, sino un diagnóstico cultural. Dios había sido desplazado del centro de nuestro sistema moral, intelectual y espiritual, mientras cada uno intentaba convertirse en el sol de su propio universo.
Ese eclipse no fue casualidad. Los grandes cambios culturales previos en Europa (del Siglo. XVII al XIX) prepararon el terreno: la Ilustración (que entronizó la razón autónoma y la confianza absoluta en la mente humana), la Revolución Francesa (que derribó el poder monárquico y eclesiástico en nombre de la libertad y la igualdad), la Revolución Industrial (que transformó el trabajo y la vida cotidiana bajo la lógica de la producción y la máquina), el auge del cientificismo (que redujo la verdad a lo medible y comprobable) y el darwinismo (que propuso la evolución biológica como explicación suficiente de la vida, desplazando la idea de creación divina). Poco a poco, la razón autónoma y lo cuantificable fueron ocupando el lugar que antes tenían Dios y lo sagrado. El centro común se erosionó, y el sentido de lo místico y trascendente comenzó a desvanecerse. ¿El resultado a día de hoy ? Personas y sociedades sin órbita y sin sol, fragmentadas por dentro y destruyéndose entre sí.
Deconstrucción caótica

Recuerdo cómo lo viví personalmente: pasé dos años (2018-2019) convencido, después de leer «Así habló Zaratustra», de que podría conquistar el mundo. Creía que toda referencia a Dios como Sol centro me robaba autenticidad y libertad. Convertí la rebeldía contra cualquier autoridad en mi brújula y motor personal intentando deconstruir todo propósito y realidad trascendente para ocupar yo ese lugar. Pensaba que así sería libre… y terminé como era de esperarse, girando de manera centrífuga: no orbitaba, solo daba vueltas sin norte.
Cuando miro hoy mi ciudad -Vancouver, Canadá-, veo el espejo de esa lógica en la sociedad. Por poner solo un ejemplo de tantos que hay, desde hace unos años es normal que el gobierno, con los impuestos de sus ciudadanos, provea opioides “seguros” a quienes viven en la calle para evitar sustancias “peligrosas”. ¿Es esto compasión genuina o anestesia social? Las cifras estremecen: siete muertes diarias por sobredosis en el área metropolitana (ver Statistical Reports on Deaths in Bc, gov.bc.ca), miles de rostros apagados que deambulan como fantasmas, sin techo ni horizonte. No escribo estas líneas desde un pedestal, como si yo estuviera por encima; hablo como alguien que observa con dolor y se atreve a preguntar: ¿qué hemos colocado como centro en nuestras vidas y políticas, cuando la existencia humana muere en cámara lenta y tenemos la osadía de llamar a eso “reducción de daños”?
La utopía de una libertad sin centro no solo ha dejado vacíos individuales, sino un clima social donde la apatía y el desencanto se han vuelto norma. Cuando cada uno es su propia referencia absoluta, la vida común se fragmenta pues ya no compartimos horizontes. En lo personal, esa lógica se traduce en una ansiedad constante -una búsqueda interminable de validación, de experiencias, de placeres que nunca bastan-; y en lo colectivo, se refleja en ciudades enteras donde la indiferencia hacia el sufrimiento ajeno se camufla de tolerancia o de política progresista. Es una paradoja dolorosa: creemos haber conquistado autonomía, pero terminamos más dependientes que nunca de sustitutos que nos distraen del vacío que no sabemos nombrar.
El superhombre: Ser tu propio creador
“Yo os enseño el superhombre. El hombre es algo que debe ser superado. ¿Qué habéis hecho para superarlo? Todos los seres han creado algo por encima de sí mismos, y vosotros queréis ser el reflujo de esta gran marea y retroceder hacia la bestia más que hacia el superhombre? ¿Qué es el mono para el hombre? Una risa o una dolorosa vergüenza. Y eso mismo debe ser el hombre para el superhombre: una risa o una dolorosa vergüenza.” (Friedrich Nietzsche – Así habló Zaratustra, Prólogo, 3–4)

La respuesta de Nietzsche es bien conocida: el Übermensch, el Superhombre. Esa figura que se atreve a ignorar y destruir los valores heredados para erigirse como forjador de los suyos propios. Redibuja el bien y el mal, dicta sus propias leyes, se instala como el sol en torno al cual todo su universo moral debe girar. Es un personaje que seduce: potente, fascinante, casi magnético; encarna la promesa de una libertad total, de una creatividad sin fronteras, de una autodeterminación que no pide permiso. No camina por senderos trazados, sino que abre brechas donde antes no había camino.
Pero ahí se esconde la trampa: si cada uno de nosotros se proclamara soberano creador de valores, ¿qué brújula nos permitiría discernir lo que edifica de lo que arruina? El resultado no sería la armonía majestuosa de una sinfonía de superhombres, sino el estruendo desordenado de una cacofonía de egos, cada cual intentando dictar la realidad a su manera desde su propio centro de gravedad. Entonces las órbitas pierden estabilidad, los choques se volverían inevitables y el sistema entero terminaría inclinándose hacia el caos tarde o temprano.
Aquella “libertad” que el «Superhombre» me había prometido pronto se reveló como una esclavitud disfrazada, una tiranía silenciosa ejercida por mis propios impulsos. En lo más profundo lo sabía -mi conciencia, esa voz interior que siempre susurra ecos de la razón y por ende de Dios-, me advertía una y otra vez. Sin embargo, yo había entronizado mi yo, colocándolo como el sol en torno al cual todo debía girar. Así, mi órbita se convirtió en un deambular errante, vagando entre las sombras de pensadores que respiraban el aire de este vacío familiar: Jean-Paul Sartre con su libertad angustiosa, Albert Camus con su absurdo sin respuesta o Arthur Schopenhauer con su mirada teñida de pesimismo. Algunos de mis amigos por las tardes lluviosas en Vancouver de aquél entonces.
La sociedad actual no hace más que reflejar este mismo patrón: nos hemos vuelto expertos en satisfacer deseos, pero incapaces de nombrar con claridad lo que está bien y lo que está mal. Somos incapaces de tener un centro de gravedad personal y colectivo que promueva la autentica felicidad llamando bienestar a cada impulso satisfecho. Y sin un Sol que nos oriente, la autocreación moral termina convirtiéndose rápidamente en la tiranía de lo inmediato y conveniente. “¿No será que esa estética del vértigo -absurda, hedonista y de brillo efímero- es precisamente lo que hoy intentamos vender como si fuese plenitud en las redes sociales?
El «Yo» absoluto en el centro
Ante el vacío existencial que deja la ausencia de un «sol» o centro común sucede que individuos, colectivos e incluso corporaciones compiten por ocupar ese lugar atrapando nuestras conciencias y manipulando nuestros deseos. De esa pugna no ha surgido más que un torbellino de fuerzas en constante caos, cuyas órbitas gravitan hacia tres tendencias que marcan nuestra época.

- El individualismo en solitario
La vida se reduce a un proyecto personal absoluto. Instituciones y relaciones se tratan como contratos que pueden cancelarse en cualquier momento. El prójimo deja de ser persona y se convierte en recurso, útil mientras aporta, desechable cuando no. Así, la comunidad real se deshace y solo queda su imitación virtual: “estar conectados” sin pertenecer de verdad. - El espejismo del consumo
Sin trascendencia, todo se mide y se monetiza: productividad, experiencias, posesiones. Somos engranajes de una maquinaria que nos empuja a valorar la vida según lo que acumulamos: una casa más grande, un auto más moderno, la última tecnología, viajes para presumir. El deseo se convierte en cinta transportadora: producir, comprar, exhibir, vaciarse… y volver a empezar. El consumo termina siendo refugio de identidad, mientras la desigualdad se vuelve un ruido de fondo que apenas inquieta. - Dioses vacíos y de cartón
Al sacar al Dios bíblico del centro, otros “dioses” ocupan el trono: plataformas que moldean deseos, corporaciones que absorben la atención y marcas que fabrican productos que dan sentido en serie. Sin referencia a lo trascendente, el poder se distorsiona y el mercado dicta el valor de las personas por lo que poseen o aparentan, reduciendo su dignidad a una transacción. Además, como la necesidad de adorar y trascendencia nunca desaparece, surgen religiones sustitutas: espiritualidades de la Nueva Era, prácticas centradas en el yo, gurús de autoayuda o utopías tecnológicas. Prometen propósito, pero dejan al alma girando en un vacío sobre sí misma.
Dios en el centro, la vida florece
No hablo de nostalgia o fantasías, sino de una cosmovisión y arquitectura social probada. La tradición judeo-cristiana ha funcionado más que ninguna otra en toda la historia como cimentación para que la libertad florezca, la justicia sea posible y el bienestar colectivo no sea solo utopía.
El modelo israelita

Me refiero al Israel del Antiguo Testamento, guiado por Moisés. Aquel Israel había sido formado por Dios después de liberarlo de manera prodigiosa tras cuatrocientos años de esclavitud bajo el imperio más poderoso de su tiempo: Egipto (Éxodo 12:40-42). Luego lo educó con principios claros: una ley que protegía tanto la propiedad -“No robarás” (Éxodo 20:15)- como la vida -“No matarás” (Éxodo 20:13)-, y que extendía su cuidado a los más vulnerables mediante los años de jubileo, el perdón de las deudas y la defensa del extranjero, la viuda y el huérfano (Levítico 25:10; Deuteronomio 24:17-18). Los profetas denunciaban idolatrías y abusos (Isaías 1:17; Jeremías 22:3); la sabiduría divina enseñaba a ordenar afectos y decisiones tanto en la vida familiar como en la social (Proverbios 3:5-6). Dios, el templo y la ley eran el centro de la vida común. Apartarse hacia otros dioses no era un simple capricho, sino una traición al corazón mismo del pacto (Deuteronomio 6:14–15).
Cristo y la Iglesia

Jesús no impuso su Reino por la fuerza ni compitió con otros poderes mediante imposiciones externas; lo transformó todo desde dentro. Su autoridad se expresó en el servicio -“el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir” (Marcos 10:45)-, y su Reino se extendía como la levadura que actúa en silencio hasta fermentar toda la masa (Mateo 13:33). La Iglesia primitiva encarnó este modelo en una comunidad donde “nadie consideraba suyo lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común” (Hechos 4:32); no se trataba de un decreto político socialista, sino de una conversión profunda del corazón. El resumen de la ley de Dios quedaba claro: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente” y “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:37-39). De esa raíz brotaron, en los siglos posteriores a lo largo de la Europa cristiana y del Nuevo Mundo en las Américas, hospitales, universidades, refugios y toda una tradición de caridad que llegó a humanizar el poder y a dar un rostro más compasivo a la economía. No fueron sociedades perfectas, en absoluto. Pero objetivamente, ¿qué civilizaciones hasta hoy han avanzado más en ciencia, educación, derechos humanos y artes que las sociedades cristianas occidentales? De lejos, ninguna.
¿»Dios» o «Yo» como Sol?

Nietzsche vio con claridad que “Dios ha muerto” y que, al sacar a Dios del centro, quedábamos a la intemperie. Su análisis fue brillante; pero su remedio -el superhombre, creador de sus propios valores- resultó ilusorio. No nacieron generaciones de titanes, sino un mundo plagado de soledad, ansiedad y depresiones crecientes; una historia reciente en el siglo XX marcada por tiranías políticas macabras; un mercado que nos seduce con consumo sin fin y cuerpos tratados como mercancías; sociedades y políticas que normalizan el asesinato de vidas indefensas justicándolas como derecho fundamental, etc. Cuando el único criterio es la conveniencia personal, toda dignidad humana se derrumba y hasta lo más sagrado se convierte en objeto de negociación.
Frente a este panorama, la historia ofrece otra lectura. Israel, un pueblo insignificante entre imperios colosales, no sobrevivió por su poder militar ni por su organización política, sino porque su centro estaba en un Dios vivo que lo levantaba cada vez que clamaba en medio de la derrota. Esa misma fidelidad se desplegó de manera plena en Cristo y en la Iglesia: comunidades frágiles, perseguidas y sin poder económico ni político, pero capaces de preservar la dignidad humana en medio de culturas que trataban a las personas como piezas de engranaje. No fueron perfectas -hubo errores y pecados-, pero cuando permanecieron fieles a ese Centro, brotó un humanismo que hizo habitable el mundo a través de hospitales, universidades, movimientos de justicia y la defensa de los débiles. Esa herencia no es nostalgia ni mito; es la prueba de que cuando Dios -el Dios de Moisés encarnado en Jesucristo- es el sol del sistema, tanto el individuo como la sociedad encuentran órbita, rumbo y esperanza.
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