Nicea: Timón y faro en aguas turbulentas

La Tradición y Concilios como escudos para la fe cristiana

Una barca en mar abierto

2025. En este año se celebra el aniversario 1700 de un concilio clave en la historia de la fe Cristiana: el Concilio de Nicea ¿Acaso importa lo que un grupo de obispos decidió hace 1700 años en una ciudad olvidada de Asia Menor (Turquía)? Si crees que Jesús puede salvarte, entonces sí. Porque si Cristo no es verdaderamente Dios, tu fe es apenas una inspiración moral, no una esperanza eterna. No es una cuestión académica. Es el corazón del cristianismo: ¿adoramos a un hombre extraordinario o al Hijo eterno del Padre?

La historia de la Iglesia nunca ha sido un paseo en aguas tranquilas. A veces las tormentas vinieron de afuera: persecuciones, calumnias, imperios que intentan apagar la luz del Evangelio. Pero otras veces, más traicioneras aún, nacieron desde dentro: medias verdades disfrazadas de sabiduría, herejías sutiles que capturan a los sinceros. Como marineros enfrentando una niebla espesa, los cristianos han debido aferrarse al timón de la verdad revelada en medio de una historia llena de naufragios.

Tras tres siglos de martirio, los cristianos salieron de las catacumbas y respiraron por fin aire de libertad. Pero no se ilusionaron pues cuando callan los leones, empiezan los micrófonos de la reputación cultural y política. Y cuando cesa el látigo, hablan los sofismas (razonamientos falsos con apariencia de verdad mediante el uso de lenguaje ambiguo). Porque el error no siempre ruge: a veces susurra. Y ese susurro, cuando se reviste de virtud, confunde más que la espada.

Constantino y el Concilio de Nicea: cuando la libertad exige claridad

¿Se convirtió Constantino por fe o por política? La pregunta incomoda porque solemos sospechar de los poderosos, y no sin razón. Sin embargo, la historia rara vez ofrece respuestas simples. En el año 312, antes de la batalla del Puente Milvio, las crónicas narran que el emperador vio en el cielo una cruz luminosa y la frase: “Con este signo vencerás”. ¿Milagro o propaganda? Tal vez ambas: un corazón en búsqueda, un poder en crisis y un imperio dividido que intuía que solo una fe sólida podía volver a unir.

Un año después, el Edicto de Milán (313) legalizó el cristianismo y quitó el pie del cuello a una Iglesia que llevaba generaciones hablando en susurros. Pero la libertad no trajo paz, sino nuevos combates. Arrio, presbítero de Alejandría (Norte de Egipto), afirmaba que el Hijo era una criatura excelsa, pero creada.

Hacia el año 320, medio Imperio discutía la naturaleza de Cristo. Las comunidades se dividían, los fieles se confundían y las liturgias se fragmentaban. No eran tecnicismos: estaba en juego la identidad de Dios y el destino del hombre. Si Cristo no es Dios, entonces no puede salvar. Solo el Creador puede redimir a su criatura.

¿Qué hace entonces la Iglesia cuando el alma del cristianismo está en juego? Se reúne para discernir la verdad y rechazar el error. Constantino convocó un concilio, pero no lo definió: no impuso doctrina, sino que ofreció a la Iglesia una mesa común. Fue un acto político, sí, pero también el reconocimiento de que la verdad no nace en las esferas del poder, sino en la fidelidad al Evangelio, la Tradición y la comunión de los obispos.

En el año 325, obispos latinos y griegos de todo el Imperio (oriente y occidente) -muchos con cicatrices de persecución, ojos vacíos o miembros mutilados- deliberaron sin miedo. La pregunta era decisiva: ¿quién es Jesús? Y su respuesta resonó con la fuerza del Evangelio: Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, consustancial con el Padre.

Esta confesión no salió de la imaginación de unos clérigos, sino de la Escritura misma: “El Verbo era Dios” (Juan 1:1); “siendo en forma de Dios, no consideró como usurpación ser igual a Dios” (Filipenses 2:6); “resplandor de la gloria de Dios” (Hebreos 1:3). Atanasio de Alejandría, testigo clave de ese concilio, lo entendió bien: si Cristo no es verdaderamente Dios, la redención es imposible.

Herejía arriana: veneno con apariencia de virtud

Arrio no era un villano caricaturesco. No gritaba ni blasfemaba. Era culto, carismático y elocuente. Su mensaje parecía prudente: Jesús es grande, sí… pero no eterno. Creado por Dios, aunque excelso. “Hubo un tiempo en que el Hijo no era.” Esta fue su famosa frase que se volvió viral en todo el Imperio. ¿Te resulta familiar? Hoy también se repite: “Jesús fue un gran maestro, un líder espiritual, un revolucionario.” Todo… menos Dios.

¿Por qué esta idea resultó atractiva en el pasado y aún lo es para algunas sectas y filosofías? Porque rebaja el misterio de la encarnación. Presenta un Jesús cercano pero no divino, íntimo pero inofensivo. Es una cristología de estantería: fácil de entender y vivir sin doblar rodillas. El arrianismo proponía un cristianismo sin escándalo, sin cruz y sin adoración. Un Cristo útil, no eterno; inspirador, pero no salvador.

La Escritura, en cambio, es rotunda:
“En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios (Juan 1:1)
“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Juan 14:9)
“En él habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad (Colosenses 2:9)
“Él es el resplandor de la gloria de Dios y la impronta de su ser” (Hebreos 1:3)

Por eso Atanasio, siendo apenas un joven diácono de 27 años en el Concilio de Nicea, alzó la voz con fuego. Su lógica era sencilla pero contundente: Si el Hijo no es Dios, no puede salvarnos. Si el Verbo creado solo nos eleva, lo hace dentro de los límites de la creación. No nos conduce a la comunión con Dios, sino apenas a una versión mejorada de nosotros mismos.

La Iglesia comprendió que la redención depende de la identidad divina de Cristo. Solo Dios puede perdonar, regenerar y salvar. Sin divinidad, la cruz es teatro, la Eucaristía mero símbolo y el cristianismo una ética decorativa.

La palabra que salvó el cristianismo

En el Concilio de Nicea, una palabra marcó la diferencia entre el cristianismo auténtico y esa palabra decisiva fue homoousios: el Hijo es “de la misma sustancia” que el Padre. No “parecido” (homoiousios), no “casi igual”, no “como si”. Una sola letra griega -la iota– marcaba el abismo entre la verdad y el error.

¿Es un término bíblico? No literalmente. ¿Está en la Escritura su contenido? Sin duda. La Iglesia no inventó un misterio nuevo: levantó un muro para custodiar el tesoro que ya vivía, la fe trinitaria. Tomó un concepto de la filosofía no para especular, sino para preservar la revelación.

Algunos han acusado que «homoousios» fue una imposición de Constantino. La sospecha es antigua, pero la historia no la confirma. Como explica el historiador R. P. C. Hanson, los obispos del siglo IV acogieron este término porque expresaba con precisión lo que ya creían y celebraban: que el Logos eterno se hizo carne sin dejar de ser Dios (Juan 1:14).

Atanasio, aún joven, entendió lo que estaba en juego. En sus Oraciones contra los arrianos, su defensa no era un debate académico, sino una lucha por la vida sacramental, por el bautismo, la Eucaristía y la esperanza de los mártires. Su razonamiento era profundamente bíblico y existencial. Porque si el Hijo no es Dios verdadero, lo cristiano se derrumba.

Por eso Nicea no fue una nota al pie de la historia, sino un ancla, timón y faro para la Barca de la Iglesia. En medio de confusión y presión política, los obispos -muchos marcados por el martirio- dejaron grabada en el Credo una confesión que sostiene la fe:

Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, consustancial al Padre.

Una frase que vale una vida.

El arrianismo, sin embargo, no desapareció de inmediato. Persistió durante décadas con emperadores favorables, sínodos ambiguos y repetidos destierros de Atanasio. El pueblo se cansó, pero la brújula no se rompió. La claridad de Nicea resistió como un mástil en medio de la tormenta.

El Credo: timón común de la Cristiandad

Imagina la cubierta de un barco en plena tormenta. La lluvia golpea sin piedad, la visibilidad es baja, los marineros gritan órdenes. ¿Qué salva la situación? El timón. No la elocuencia de quien manda, sino el ángulo firme que mantiene la proa hacia el puerto. En la vida de la Iglesia, el Credo ha sido ese timón.

El Concilio de Nicea no fue solo un «no» al error. Fue un gran «sí» a la verdad. De allí nació el Credo, esa oración que millones recitan cada domingo, sin saber que cada frase fue acuñada en el fuego de una batalla espiritual.

Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso,
Creador del cielo y de la tierra,
de todo lo visible y lo invisible.

Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios,
nacido del Padre antes de todos los siglos:
Dios de Dios, Luz de Luz,
Dios verdadero de Dios verdadero,
engendrado, no creado,
de la misma naturaleza del Padre,
por quien todo fue hecho;
que por nosotros, los hombres,
y por nuestra salvación bajó del cielo,
y por obra del Espíritu Santo
se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre;
y por nuestra causa fue crucificado
en tiempos de Poncio Pilato;
padeció y fue sepultado,
y resucitó al tercer día, según las Escrituras,
y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre;
y de nuevo vendrá con gloria
para juzgar a vivos y muertos,
y su reino no tendrá fin.

Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida,
que procede del Padre y del Hijo, con el Padre y el Hijo
recibe una misma adoración y gloria,
y que habló por los profetas.
Creo en la Iglesia,
que es una, santa, católica y apostólica.
Confieso que hay un solo bautismo para el perdón de los pecados.
Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro.

Amén.

No es poesía. Es teología en forma de escudo. Cada palabra en la segunda sección referente al Hijo desarma un error y proclama lo esencial: Cristo no es criatura, sino Creador. No es símbolo de Dios, sino Dios mismo en carne.

El Credo es síntesis y frontera: afirma con precisión y niega con firmeza: Sí al Cristo verdadero Dios y verdadero hombre. No a cualquier intento de diluir su divinidad o reducir su humanidad. Sí a la Trinidad revelada. No a los atajos que eliminan el misterio para agradar al mundo.

Y si escuchas con el corazón verás que es verdad que combate y ternura que consuela a la vez:

  • Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso…”: el mundo tiene origen y sentido
  • Creo en un solo Señor Jesucristo… Dios de Dios, Luz de Luz…”: aquí late el corazón de Nicea
  • Por nosotros bajó del cielo…”: el dogma desciende al polvo
  • Se encarnó de María la Virgen…”: El Logos eterno toca la historia humana
  • Resucitó al tercer día…”: no es mito, es evento
  • Creo en el Espíritu Santo…”: la Trinidad no es fórmula, es comunión viva
  • Creo en la Iglesia…”: no solo la tolero: creo en ella como obra de Dios

El Credo es ecuménico por naturaleza. No divide por confesiones sino que une por confesión. Católicos, ortodoxos y muchas comunidades protestantes lo sostienen, aunque lo integren en liturgias distintas. Aquí hay terreno firme para el diálogo:
Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Desde esa roca, la conversación se vuelve encuentro.

“…y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor…” (Filipenses 2:11)

Ese “Señor” no es un título decorativo. Es el Nombre reservado a Dios en el Antiguo Testamento, «YAHWEH» o Jehová en otras traducciones. Es el Dios que habló en la zarza ardiente a Moisés, David y los profetas en el Antiguo Testamento cuyo nombre literalmente significa «YO SOY EL QUE SOY». Dios eterno e inmutable que existe en Sí mismo fuera de nuestra realidad de espacio y tiempo. Es el mismo Jesús diciendo »…De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, YO SOY». Es este título de «SEÑOR» el que la Iglesia primitiva -con temblor y gozo- aplicó a Cristo. Allí está el núcleo de nuestra fe. Como lo explica Lewis Ayres en Nicea y Su Legado, después de Nicea comenzó a forjarse una gramática trinitaria común, una forma de hablar de Dios que se volvió criterio de comunión. Traducido al lenguaje del timón de la barca: el Credo une porque orienta.

El faro que sigue brillando

La imagen final es sencilla. Noche cerrada. Mar revuelto. En la distancia, un faro. Nicea es ese faro. No es la costa -pues esta es Cristo-, pero sin su luz la barca habría girado en círculos de aquí para allá sin dirección hasta el día de hoy.

Nicea no es una anécdota. La Iglesia no vive de ideas bonitas, sino de verdades eternas. Y cuando esas verdades son atacadas, responde con claridad. Con firmeza. Con amor a la verdad. Así lo hizo en Nicea. Así debe seguir haciéndolo hoy.

Y aunque muchos hoy quieran diluir la divinidad de Cristo en un discurso blando, la Iglesia vuelve a decir como entonces: Credimus. Creemos. No porque lo entendamos todo, sino porque Dios se ha revelado, y confiamos que su Espíritu sigue guiando la barca.

Nicea, por tanto, no es arqueología de museo para curiosos. Si tú eres católico, ortodoxo, protestante o simplemente estás buscando sentido en medio del ruido, esta historia también te pertenece. Porque sin Nicea, no existiría el cristianismo como lo conocemos. Y sin esa confesión clara de fe, quizás seguiríamos a Jesús pero sin saber si realmente puede salvar.

Quiero terminar con dos ideas importantes de mencionar. Lo primero es que cuando los obispos se reunieron en Nicea aún la Iglesia no había reconocido un canon bíblico completo. Fue décadas más tarde, en el Concilio de Cartago (397), cuando la Iglesia discernió y fijó los libros del Nuevo Testamento tal como hoy los conocemos. Es decir, antes de que la Escritura estuviese cerrada en su forma definitiva, la Iglesia ya defendía con claridad la divinidad de Cristo mediante la Tradición viva y los concilios. Esta continuidad es un testimonio de que fe, Escritura y Tradición nunca han caminado separadas sino en armonía.

Lo segundo es referirme a nuestros hermanos protestantes y ortodoxos. A los primeros, porque su amor por la Escritura es admirable; a los segundos, porque su fidelidad a la Tradición conserva una belleza que a veces a los católicos nos falta. El Credo de Nicea nos pertenece a todos. No como un trofeo denominacional, sino como un pacto de obediencia a la verdad revelada. Aquí podemos -y deberíamos- encontrarnos por fidelidad al mismo Señor.

¿Podemos reconocer juntos -católicos, ortodoxos y protestantes- que Nicea es herencia común, aun con las diferencias reales de fondo y forma? Y si el Credo ya nos une en lo central, ¿qué pasos de misión compartida podemos dar en la sociedad para anunciar el Reino del único Señor que es Luz de Luz y Dios verdadero de Dios verdadero en medio de una cultura que promueve la oscuridad, el caos, la mentira y la muerte como la normativa?

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