Marxismo 2.0: El verdadero opio del pueblo

De la lucha de clases a la dictadura cultural

No hay que ser un experto en materia de política o psicología para notar que las cosas en general avanzan cada vez más hacia un precipicio de caos cada vez mayor. Basta con mirar las noticias para enterarse. Es probable que estemos viviendo una revolución sin saberlo. Una que no necesita barricadas ni fusiles. Una en la que ya no se oyen los rugidos de las fábricas ni se ven obreros marchando por las calles.

La revolución de hoy es silenciosa, elegante y viral. Se viste de amor y habla de derechos e inclusion. Promete liberarnos de todo: del pasado, de la responsabilidad propia, de verdades incómodas e incluso de nosotros mismos. Ya no es la lucha del proletariado contra el burgués, del campesino contra el terrateniente. El manifiesto revolucionario a día de hoy ha cambiado de rostro: la emancipación y liberación prometidas son relacionados a la identidad y no la economía.

Pero parece haber un problema: esta revolución nunca termina. Apunta a todo y al mismo tiempo no apunta a nada. Siempre surge una nueva opresión que derribar, una identidad que celebrar o una palabra que censurar. Es como esas actualizaciones de software en el celular o la computadora: cada versión promete una versión ideal, pero siempre viene otra más adelante.

Karl Marx llegó a la conclusion que “la religión es el opio del pueblo” en su Introducción a la crítica de la Filosofía del Derecho (1844). El contexto en que lo dijo era una Europa en el siglo XIX que en pleno auge de la revolución industrial las clases obreras sufrían explotación, hambre y jornadas interminables. Para Marx, la fe ofrecía alivio -como el opio- pero a su vez adormecía la conciencia social y frenaba cualquier intento revolucionario.

De Marx a la revolución cultural

Imagina por un momento que eres Marx en 2025. Llegas a una universidad moderna y encuentras estudiantes con iPhones de mil dólares protestando contra el capitalismo. Jóvenes que nunca han conocido la pobreza real hablando de “privilegio”. Una generación con acceso a toda la información del mundo exige “espacios seguros” para no escuchar ideas que los incomoden.

¿Qué pensarías si fueras Marx? Probablemente que tu revolución tuvo éxito, aunque no precisamente de la manera esperada. Siguiendo su argumento, Marx afirmaba que la religión (la fe cristiana en particular) es “el suspiro de la criatura oprimida”. Es decir, como el cristiano ponía su fe en una vida eterna en el Paraíso junto a Dios, entonces la vida terrenal y sus penas eran algo pasajero ante lo cual no había que rebelarse. A decir verdad, Marx tenía razón en algo: el ser humano necesita esperanza. Lo que no previó es que, al quitar a Dios del mapa, esa necesidad de no solo esperanza pero también de trascendencia y sentido no desaparece por arte de magia; simplemente se redirige a nuevas fuentes.

Antonio Gramsci lo entendió muy bien. Desde una cárcel fascista en 1930, este marxista italiano intuyó que no había que conquistar primero el poder político, sino el cultural. “La revolución viene desde las aulas”, pensó. Décadas más tarde, Herbert Marcuse lo confirmaría desde California en sus Ensayos sobre política y cultura (1965): había que instaurar una “tolerancia represiva”. Es decir, tolerar, celebrar y promover todas las ideas progresistas y en cambio reprimir las conservadoras y afines a la fe cristiana. Una estrategia simple y eficaz bajo la fachada de libertad, igualdad y democracia reflejando sin ápice de duda los objetivos anteriores de la Revolución Francesa.

El tiro de gracia llegó con Michel Foucault. Este filósofo francés descubrió algo decisivo: no hacía falta ser Marx para ser revolucionario, bastaba con deconstruir y que “dónde hay poder, hay resistencia”(Historia de la sexualidad, 1976) ¿Y dónde no hay poder? Toda estructura necesita de fundamentos, límites y reglas para funcionar. No solo el Estado, sino la familia, la escuela, el lenguaje,el sexo, y la ciencia misma. Así, de pronto, todo se volvió una “construcción social”: el género, la raza, la verdad. Y si todo es construcción, todo puede demolerse. Es como jugar con Legos, pero dedicándose únicamente a destruir.

La era de la victimización

Entra hoy a cualquier red social. ¿Qué encuentras? Una competencia feroz por demostrar quién es la víctima más auténtica. Ya no importa si eres pobre o rico, educado o ignorante; lo decisivo es cuántas categorías de opresión puedes acumular. A esto se le llama “interseccionalidad”, un término académico que, en la práctica, significa: suma tus “opresiones” y ganas puntos morales. Por poner un ejemplo de muchos: Mujer + no blanca + no binaria + atea = volumen, opinión incuestionable. Hombre + blanco + heterosexual + cristiano = silencio, opinión opresora.

No sé si pensar que esto es brillante o aterrador. Marx necesitaba que los obreros fueran realmente explotados para que su teoría funcionara. Pero la nueva izquierda radical descubrió que la opresión no necesita ser real: basta con que sea percibida. No conseguir un ascenso en el trabajo deja de ser parte de la competencia natural y se convierte en «patriarcado corporativo». Una discusión apasionada deja de ser intercambio de ideas y pasa a llamarse «agresión verbal».

¿El resultado? Una sociedad obsesionada con el trauma. Donde ser frágil es sinónimo de ser sabio. Donde el dolor pasado justifica cualquier agresión presente. Donde la terapia reemplaza al pensamiento crítico, y los sentimientos, a los argumentos. En fin, una fábrica de resentimiento funcionando a todo vapor. Esto no significa negar la existencia de traumas reales -familiares, económicos y abusos de todo tipo- que forman parte de la experiencia humana y deben ser atendidos con seriedad. Lo alarmante es que el trauma ha dejado de ser una herida a sanar y ha sido explotada como arma política por parte de una izquierda radical que en vez de sanar y construir busca venganza y división.

Un progreso vacío

Resulta llamativo que las sociedades más “liberadas” son también las más ansiosas. Los países nórdicos, por ejemplo, presentados como paraísos del progresismo, encabezan las estadísticas de suicidio juvenil (OMS, 2022). Y las universidades más “inclusivas” de Estados Unidos son las mismas que registran los mayores índices de depresión entre sus estudiantes (APA, 2021). ¿Por qué? Porque el ser humano necesita algo más que reclamar derechos: necesita propósito, comunidad y trascendencia. Y estos valores no se encuentran en un manual de diversidad ni en una marcha del orgullo.

Alexander Solzhenitsyn, superviviente del gulag soviético, lo expresó con claridad desde el horror: “Se ha olvidado a Dios. Por eso ha sucedido todo esto” (Archipiélago Gulag, 1973). No hablaba solo de los horrores cometidos por Stalin, sino de una civilización que pretendía construir el cielo en la tierra prescindiendo de lo sagrado y eterno. El resultado ha sido y siempre será que al eliminarse lo sagrado, ¿qué queda? Queda el Estado, el Mercado, y en esta era digital, el Algoritmo como salvadores dignos de toda nuestra confianza.

Una Nueva Rebelión

Una ironía de nuestro tiempo es esta: hoy, ser cristiano resulta más disruptivo que ser progresista. Afirmar que solo existen hombres y mujeres por ejemplo desafía más al sistema que inventar 50 géneros. Defender la familia natural incomoda más que cualquier desfile del orgullo. ¿Por qué? Porque la verdadera rebeldía actual no consiste en adaptarse al clima cultural, sino en resistirlo cuando este empuja sin lógica alguna hacia la disolución de todo lo que durante siglos sostuvo la identidad y cultura humana en Occidente: Dios mismo y su revelación en el Universo con sus leyes en el ámbito científico y natural; y en Jesucristo como Hijo de Dios en el ámbito ético y metafísico

No es romanticismo ni nostalgia, sino simple sentido común basado en la historia. Una sociedad que borra su memoria acaba renunciando a entender quién es. Y una generación sin raíces se convierte en terreno fértil para ser fácilmente reprogramada, ya sea por el Estado o por un algoritmo tecnológico.

La cuestión no es si eligir entre el pasado o el futuro como si tratase del iPhone de hace 10 años versus el actual. La cuestión es: ¿Elegimos ser libres o preferimos que piensen por nosotros? ¿Abrazamos nuestras raíces e identidad o la enterramos por presiones políticas? Porque la comodidad que nos ofrecen viene con una factura demasiado alta: nuestra verdadera autonomía y libertad.

Alianzas incoherentes y contradictorias

Y en medio de esta confusión aparece como cereza de pastel un fenómeno desconcertante. Manifestantes que lloran por una ballena varada, pero aplauden la interrupción de un embarazo de ocho meses. La vida de un panda es sagrada; la de un bebé no nacido, apenas “un cúmulo de células”. Se exige tolerancia absoluta para toda práctica, salvo para la fe cristiana, que es tachada de “intolerante” por definición. Así, una cruz en el espacio público escandaliza más que una bandera ideológica en cada institución de gobierno.

¿Cómo se explica esta esquizofrenia moral? Muy sencillo: cuando se rechaza la idea de que existe un orden natural en el Universo y la Ética, todo se vuelve equivalente. O, mejor dicho, todo se convierte en un asunto negociable según la narrativa del momento. Así, por ejemplo, entre menos seres humanos haya en el planeta, menos recursos habrá que invertir en ellos. Como no se puede declarar abiertamente este objetivo, se recurre al aborto, presentado no como lo que en realidad es -la eliminación de una vida humana ya existente-, sino como un simple “acto de libre elección” de la mujer sobre su propio cuerpo.

Otras contradicciones llamativas aparecen en estas alianzas. Feministas radicales marchan junto a defensores de tradiciones religiosas que, en varios países, mantienen prácticas restrictivas hacia las mujeres. Activistas LGBTQ+ se declaran solidarios con la inmigración de culturas que, en sus lugares de origen penalizan su orientación sexual. Indigenistas celebran cosmovisiones prehispánicas que incluían rituales de sacrificio humano, mientras condenan como “genocidio” la llegada de la evangelización cristiana que puso fin a esas prácticas trayendo bienestar social (con abusos de poder como excepción a la regla y no como normativa). Defensores de los animales protestan contra espectáculos como las corridas de toros mientras caminan junto a movimientos que justifican el fin («interrupción») del embarazo en etapas avanzadas. En definitiva, una retórica que se desmorona al primer análisis crítico, porque se sostiene solo en la conveniencia política, no en la coherencia ni en la verdad histórica y científica.

Y así, aunque un musulmán en Londres, un, una o une drag queen en San Francisco y un chamán shipibo de la Amazonía no tengan absolutamente nada en común, en el contexto actual convergen en un mismo punto: su politización. Una izquierda radical (que se autoproclama «woke» del inglés «estar despierto«) los ha convertido en instrumentos de su estrategia cultural. No es mera coincidencia, sino una táctica bien entretejida en esta era de consumo digital express: el emplear identidades diversas y hasta contradictorias como herramientas para hacer volar por los aires las bases de la civilización occidental.

Una utopía distópica

La realidad presente no es algo nuevo ni surgió de la nada. Incluso concediendo el beneficio de la duda y suponiendo buenas intenciones iniciales, los resultados finales hablan por sí mismos. La historia demuestra que cada vez que la humanidad ha intentado erigir un paraíso en la tierra, lo que ha terminado construyendo es el mismísimo infierno. Los números no mienten: la Unión Soviética de Stalin dejó 20 millones de muertos; la China de Mao, 45 millones; la Camboya de Pol Pot, 2 millones; la Cuba de Fidel Castro, más de 20.000 fusilados, sin contar a los que se ahogaron en el mar intentando escapar en balsas (El libro negro del comunismo, 1997). Y en tiempos más recientes, Venezuela: dos décadas de “revolución” han dejado más de 200.000 víctimas de represión estatal, encarcelamiento político y empobrecimiento masivo, obligando a cerca de 8 millones de personas a huir como refugiados (ACNUR, 2025).

En todos los casos, el proceso siguió el mismo guion. Primero, se prometió una liberación absoluta de manos del opresor (real o supuesto). Después, se señalaron a los “enemigos del pueblo”: kulaks, intelectuales, burgueses, religiosos, y cualquiera que no encajara en el nuevo orden. Finalmente, se los eliminó sistemáticamente: destierro, encarcelamiento, campos de concentración o ejecución. Todo ello enarbolando la bandera de la igualdad y la justicia, que decían liberar a la clase obrera no solo del capitalista o del terrateniente, sino incluso de Dios mismo.

El totalitarismo invisible

¿Pero acaso no hemos evolucionado? ¿No hemos aprendido? Pregúntaselo a los 50 millones de abortos practicados en Estados Unidos desde 1973 (National Right to Life, Guttmacher Institute y CDC). Pregúntaselo a los cristianos que enfrentan persecución en 145 países según Pew Research (2020), o a los 300 millones de creyentes que sufren niveles altos de discriminación en el mundo actual (Open Doors, World Watch List 2024). Pregúntaselo también a cualquier profesor universitario que se atreva a cuestionar la ideología de género y es silenciado por la cultura de la cancelación. No hacen falta gulags soviéticos cuando existe ostracismo digital. No hacen falta fusilamientos cuando basta el escarnio social. El totalitarismo de hoy es más sutil, pero no menos efectivo.

Esta es la genialidad de este sistema: permite que la gente se sienta rebelde mientras consume y es manipulada. En Estados Unidos, Facebook por ejemplo, reconoce ajustar sus algoritmos para limitar contenido político en los muros de los usuarios y así moldear qué voces se escuchan más (More Speech and Fewer Mistakes, Meta, 2025). Google admitió que recibió presiones de la administración Biden para censurar contenido politico de oposición que no violaba sus políticas (Comité Judicial de EE. UU., 2025). Amazon, por su parte, controla en su plataforma el acceso de comerciantes pequeños, lanzando productos competidores basados en datos internos y les quita visibilidad si no pagan más publicidad (ILSR, 2021). Pero todo eso pasa desapercibido o es irrelevante porque estas compañías enormes visten su poder con causas progresistas: financiando por ejemplo ONG’s de género y aborto (Planned Parenthood) monopolizando así el discurso cultural y silenciando cualquier voz disidente bajo la máscara de la justicia social.

Conclusión

El experimento marxista sigue vivo, aunque con un rostro renovado que podríamos llamar Marxismo 2.0. Sus laboratorios ya no son fábricas, sino universidades, redes sociales y calles. Y sus conejillos de indias son generaciones enteras convencidas de estar protagonizando un avance histórico, cuando en realidad solo repiten la tragedia más antigua: la rebelión del hombre contra su propia naturaleza. Como siempre, los que terminan pagando el precio más alto son los inocentes y los débiles -precisamente aquellos que deben ser protegidos y en cuyo nombre suelen lanzarse estas revoluciones.

Sin embargo, estas ideas cimentadas en el resentimiento son, por naturaleza, inestables. Tarde o temprano, sus propias contradicciones salen a la luz y los aliados terminan devorándose entre sí, como ya comienza a ocurrir. Feministas radicales enfrentadas a activistas trans que niegan las bases biológicas del feminismo. Judíos progresistas descubriendo con horror que algunos de sus supuestos “aliados” celebraron los ataques terroristas del 7 de octubre perpetrados por Hamás. Y activistas homosexuales despertando demasiado tarde al comprobar que el islamismo que defendían en nombre de la diversidad es el mismo que en sus países de origen los condenaría a la cárcel o a la muerte.

La historia se repite y, como escribió Solzhenitsyn desde las entrañas del gulag soviético: “La violencia no vive sola y no es capaz de vivir sola: está necesariamente entretejida con la mentira” (Archipiélago Gulag, 1973). Hoy, esa mentira consiste en creer que se puede construir una sociedad justa destruyendo los fundamentos de la justicia; que se puede tener libertad eliminando toda verdad; que se puede amar sin reconocer qué es digno de amor ni por qué tiene dignidad en primer lugar. Porque si al final solo somos animales evolucionados, mera materia sin alma ni destino trascendente, ¿qué sentido tendría hablar de derechos humanos, de justicia o de amor a la vida?

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