La Iglesia Católica sobrevivió y preservó la civilización contra todo pronóstico

No encuentro hoy otra institución no gubernamental y sin ánimo de lucro que suscite tantas opiniones encontradas -y, en su mayoría, negativas- como la Iglesia Católica. En los medios actuales suele presentarse como sinónimo de opresión, corrupción política, ignorancia, fanatismo, barbarie, colonialismo, machismo entre otras etiquetas que caricaturizan a la Iglesia. A continuación, propongo un recorrido rápido del siglo V al siglo X -posteriores al Concilio de Nicea- para responder a cuatro objeciones que, con recelo, personas de todas las edades suelen presentar al rechazar el catolicismo como forma histórica del cristianismo. Desde san Agustín, pasando por los diversos monasterios surgidos tras la caída del Imperio romano, hasta las misiones que sembraron mártires por toda Europa, espero que una mirada histórica y crítica permita apreciar que la permanencia y la unidad de la Iglesia católica durante su primeros mil años no se debieron a estrategias humanas.
El Concilio de Nicea (325) fijó, como un faro en medio de la tormenta, la dirección de la barca de la Iglesia: Cristo es verdaderamente Dios y verdaderamente hombre. No fue un detalle técnico, sino el corazón de la fe cristiana, que preservó el pensamiento y culto frente a la herejía arriana, la cual hacía de Cristo un ser creado. Este faro orientó con claridad la navegación de los siglos posteriores. Pero la barca de la Iglesia debía ahora internarse en aguas desconocidas, encarando todo tipo de tormentas, entre luces y sombras de imperios que caían y resurgían mientras era guiada por una tripulación de santos y pecadores. Con todo, mantuvo lo esencial: la fe apostólica, los sacramentos, la sucesión de Pedro, las Escrituras, la oración y el servicio a los más vulnerables. Así que contra todo pronóstico y lógica, la Iglesia no ha perseverado como un proyecto fruto del cálculo y esfuerzo humano, sino por la promesa misma de Cristo de estar con ella.
A continuación las cuatro objeciones más comunes en contra de la Iglesia.
La Iglesia ha estado atada al poder político

La primera objeción del imaginario popular sostiene que la Iglesia católica, a lo largo de su historia, ha estado unida por alianzas inquebrantables con los poderes políticos de cada época. Sin embargo, en el año 410, cuando los bárbaros visigodos de Alarico I saquearon Roma -marcando el inicio de lo que sería la caída total del Imperio romano-, de haber sido cierto ese vínculo absoluto, ello habría significado también la caída y desaparición de la Iglesia y de su fe. En ese momento, muchos paganos comenzaron a cuestionar el abandono de sus antiguos dioses para abrazar el cristianismo y llegaron a acusar que, por culpa de la moral pacifista y el desprecio de los dioses tradicionales por parte de los cristianos, se había producido semejante desastre.
A finales del siglo V, Roma había perdido su antiguo prestigio imperial y su dominio sobre amplias regiones de Europa, África y Medio Oriente. Lo que quedaba era, en la práctica, una ciudad menguada frente a un mapa inestable: desde las tierras anglosajonas (actual Inglaterra), pasando por Hispania (España y Portugal) y Cartago (actual Túnez), hasta la Galia (Francia), Macedonia (Grecia), Constantinopla (hoy Estambul, Turquía), Palestina y Egipto. La incertidumbre y el temor se habían apoderado de muchos, y no faltó quien pensara que aquello sería el fin de la civilización. Sin embargo, Agustín de Hipona -obispo en el norte de África, antiguo retórico y filósofo maniqueo, buscador insaciable de la verdad y que había llevado una vida desordenada antes de su conversión a los 33 años- afirmó en La ciudad de Dios que la verdadera ciudad del cristiano no era Roma, sino la Ciudad de Dios. En esta obra, san Agustín muestra dos “ciudades” constituidas por dos amores: la ciudad terrena, edificada por el amor de uno mismo hasta el desprecio de Dios, y la Ciudad de Dios, edificada por el amor de Dios hasta el desprecio de uno mismo (La ciudad de Dios, XIV, 28).
Para Agustín, la Iglesia peregrina atraviesa los reinos de este mundo: los ilumina y los critica, pero no se identifica jamás con su estabilidad perecedera. Es decir, no ha sido un aparato para sostener reinos y gobiernos terrenales, sino la barca de creyentes que cruza el tiempo hacia el puerto y el Reino eterno. Como señala Peter Brown, “Agustín hizo posible que los cristianos se sintieran en casa en un mundo que se desmoronaba, sin identificar su fe con ninguna estructura política particular” (Augustine of Hippo, 1967, p. 313). El punto de Agustín no es puritano ni antipolítico; al contrario, afirma que la Iglesia aunque está en el mundo, en última instancia, tiene una ciudadanía celestial (Filipenses 3:20). La iglesia no nació con Constantino I ni murió con Rómulo Augústulo. Si su naturaleza dependiera de los gobiernos terrenos, habría caído por completo cuando el mismo Imperio que la persiguió y luego la abrazó se desplomó a finales del siglo V. Quien sospeche de la Iglesia por razones políticas debería recordar las palabras de Jesús a Pilato: “Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían por mí…” (Juan 18:36).
La Iglesia destruyó la cultura clásica


La segunda objeción afirma que la Iglesia destruyó la cultura clásica bajo una sombra de fanatismo que promovió la ignorancia en el mundo posromano. Sin embargo, tras el colapso del orden romano en Occidente, el mapa político se fragmentó en reinos germánicos (ostrogodos, visigodos, vándalos, francos y lombardos principalmente) cuyos monarcas fueron primero cristianos arrianos y, en pocas generaciones, en su mayoría nicenos. No hubo una “restauración pagana” en sí pues el marco público siguió siendo cristiano, y obispos y élites locales asumían funciones administrativas. Lo que sí se vino abajo fue la infraestructura educativa que sostenía la escuela clásica pues las escuelas de gramática y retórica se redujeron drásticamente y la alfabetización se concentró en el clero, de modo que, en pocas décadas, gran parte de la población se volvió analfabeta.
Mientras caían murallas y ardían bibliotecas, en la costa de esta barca se encendieron luces: los monasterios. Si Agustín fue ancla intelectual, los monjes fueron faros silenciosos que preservaron el saber y la cultura en Occidente. El gran artífice de esta revolución silenciosa fue San Benito de Nursia. En 529, cuando el último destello de la educación pagana se apagaba con el cierre de la Academia de Atenas, Benito fundó Montecassino en la actual Italia y redactó su Regla: Ora et labora -reza y trabaja– que resumía una espiritualidad del equilibrio, una visión del ser humano que se aleja tanto del ascetismo desencarnado como el utilitarismo sin alma. Bajo su guía, la vida monástica unió la perseverancia en la oración con el cultivo de la tierra, la hospitalidad al peregrino, la atención a los enfermos, la enseñanza de la lectura y, sobre todo, la copia de libros y manuscritos.
Los scriptoria benedictinos -y luego otras casas monásticas en Europa e Irlanda- transcribieron a mano, letra por letra, la Biblia, a los Padres de la Iglesia y a autores clásicos como Aristóteles y Cicerón; además, compilaron glosas (comentarios bíblicos en latín). Preservaron también el cuerpo formativo que más tarde nutriría a las universidades europeas: el trivium (gramática, lógica y retórica) y el quadrivium (aritmética, geometría, música y astronomía). Así, ciencias y humanidades, sostenidas en estas siete artes, se convirtieron en la semilla de las grandes facultades de Derecho, Medicina, Filosofía y Teología, que formaróian los planes de estudio de algunas de las primeras universidades del mundo siglos más tarde como las Universidades de Bolonia, Oxford, París, Cambridge y Salamanca.
En el ámbito económico, los monasterios también dejaron una huella duradera. Hicieron fértiles tierras baldías, drenaron pantanos, introdujeron la rotación de cultivos y difundieron molinos de agua y de viento; organizaron agroindustrias (viñedo, cerveza, lana, colmenas, prensas) y redes de granjas gestionadas con oficios, horarios y normas claras. Al mismo tiempo, levantaron hospederías que abarataron el viaje de peregrinos y activaron mercados locales para comprar y vender. Sus graneros funcionaron como seguros contra malas cosechas, amortiguando precios y protegiendo a los pobres, mientras la red intermonástica ayudaba a equilibrar los precios y riesgos entre distintas regiones. Además, elaboraron inventarios y libros de contabilidad que aportaron seguridad jurídica y reglas de juego confiables. Así que lejos de destruir la herencia clásica y oscurecer la civilización, la Iglesia la preservó y la elevó. Christopher Dawson lo sintetiza muy bien en Religion and the Rise of Western Culture, «…los monasterios católicos fueron «pioneros de la civilización occidental porque tradujeron una espiritualidad cristiana en hábitos sociales capaces de sostener una cultura entera cuando todo lo demás fallaba», e hicieron posible que la fe y la razón siguieran conversando para generaciones futuras.
La evangelización fue violenta y opresiva



La tercera objeción es que desde sus inicios la Iglesia católica ha llevado a cabo una evangelización marcada por la violencia y la imposición. Lo cierto es que la historia es compleja y no todo fue luz a decir verdad; pero el patrón dominante entre los siglos V y X no fue de tipo opresor y violento como se suele pensar, sino el del martirio y testimonio. Tras Nicea, San Agustín y los monasterios, la barca de la Iglesia no se encerró en su pequeña bahía, sino que se lanzó en pequeñas barcas misioneras hacia islas y bosques lejanos donde el nombre de Cristo no había sido anunciado aun.
San Patricio en el siglo V encarna bien este capítulo de la Iglesia. Hijo de la Britania romana fue raptado en su juventud y vendido como esclavo en Irlanda, logró escapar y luego regresó voluntariamente como obispo para evangelizar a sus antiguos captores. Sin ejército ni decreto imperial, caminó la isla encendiendo pequeñas antorchas de fe con la predicación paciente, bautismos, hospitalidad, escuelas monásticas. Irlanda se volvería con el tiempo una isla de santos y sabios cuando buena parte de Europa se deshacía en luchas internas. San Patricio no hizo uso de la imposición, sino del testimonio: el Evangelio propuesto con obras, no impuesto por la fuerza. Por eso su vida nos recuerda la regla apostólica del apóstol San Pablo: “Me hice todo para todos, con el fin de ganar a algunos” (1 Corintios 9:22).
La objeción de la violencia se debilita aún más cuando miramos a Bonifacio a finales del siglo VII. Bonifacio fue un monje inglés que cruzó el canal hasta llegar a Europa para evangelizar Germania (hoy Alemania) sin escudos ni caballería. Predicó, fundó monasterios, estructuró iglesias locales y, en Geismar, derribó el roble del Trueno o Thor (sí, ese mismo que sale de superheroe en las peliculas de marvel) no con tropas, sino con la valentía del que confía en la verdad. En cambio plantó un árbol de abeto y lo adornó en Navidad para desmontar las supersticiones del temor a dioses hechos de mano. Murió mártir junto otros 52 compañeros, asesinados por paganos mientras confirmaban neófitos en la fe cristiana.
Al este, Cirilo y Metodio en el siglo IX entendieron que la fe cristiana no podía ser compartida en un solo idioma como lo era el latín. A petición del príncipe Rostislav de la Gran Moravia, estos hermanos fueron enviados por el emperador bizantino para evangelizar a los eslavos. Al llegar crearon el glagolítico (base de las muchas lenguas eslavas actuales), tradujeron Escritura y fomentaron la liturgia al eslavo defendiendo que Dios puede ser amado en lengua propia. Acusados por usar una lengua “bárbara”, recibieron el respaldo de Roma por parte del papa Adriano II. Cirilo y Metodio no eran generales con espada en mano, sino traductores y maestros.
En los tres casos anteriores el método de evangelización fue el de hospitalidad, crear escuelas, liturgia, catequesis y mucha paciencia. Hechos 1:8 ofrecía desde el inicio ya las instrucciones de boca de nuestro Señor Jesucristo: “Serán mis testigos… hasta los confines de la tierra.” Testigos y no conquistadores. ¿Hubieron durante estos siglos despues de Nicea sombras, tensiones políticas o violencias locales? Sí. Pero confundir episodios particulares con la esencia y misión cristiana oscurece la lectura que se hace, la cual casi siempre viene cesgada por prejuicios culturales o políticos.
Roma impuso uniformidad y aplastó la diversidad

El lector moderno pragamatico sospecha con cierto cinismo de toda universalidad. Lo historicamente preciso es que desde los orígenes, la Iglesia ha existido en dos alas: Occidente latino y Oriente griego. El principio quedaba claro ya en el Concilio de Jerusalén (Hechos 15): custodiar lo esencial de la comunión sin imponer un yugo innecesario. La «catolicidad» no es una sola cultura extendida por impsición, sino una comunión de fe que trasciende la cultura y donde la misma fe se encarna en distintans lenguas, ritos y costumbres. Lo político y externo siempre pasan a un segundo plano pero la comunión permanece en lo central que no es un bloque de poder en Roma, sino Cristo. En Occidente por ejemplo, tenemos el rito romano -el más extendido- (Roma, latín) que se caracteriza por sobriedad jurídica y universalidad pastoral; el ambrosiano (Milán, latín) que conserva calendario y melodías propias, herencia de san Ambrosio; y el mozárabe (Toledo, latín hispano) que mantiene oraciones antiguas y un canto propio que sobrevivió a la Reconquista.
En Oriente en cambio el bizantino (Constantinopla, griego y luego eslavo eclesiástico) despliega iconografía, iconostasio y las anáforas de san Juan Crisóstomo y san Basilio; el copto-alejandrino (Egipto, copto y árabe) destaca por litanias prolongadas y la anáfora atribuida a san Cirilo; el armenio (Armenia, armenio clásico) une austeridad monástica y un fuerte tono martirial; el maronita (Líbano, siriaco y árabe) pertenece a la familia siríaca occidental, nunca rompió la comunión con Roma y guarda el aliento semítico de la oración primitiva. La tradición siríaca se bifurca en dos familias: la occidental (Antioquía: maronitas y siriacos católicos), con énfasis en poesía litúrgica y simbolismo bíblico; y la oriental (Irak: asirio-caldea y siro-malabar), que celebra la Qurbana con la anáfora de Addai y Mari (una de las más antiguas), hoy en arameo/siriaco y lenguas vernáculas (en India, también malayalam). El etiópico-eritreo (Ge’ez) integra procesiones, tambores y sistras, ayunos rigurosos y un año litúrgico singular; es testimonio de la inculturación africana.
Esta lista no es ni presunción ni folclor litúrgico: es teología en acto. En todos rige la misma regla de la fe (símbolos conciliares), la misma Eucaristía y la misma sucesión apostólica. Por eso Louis Bouyer pudo afirmar que la unidad de la Iglesia es compatible con una gran diversidad de formas, siempre que no se conviertan en división; y Jaroslav Pelikan describió la Tradición como memoria viva y no como fósil estático.
Así que la Iglesia no aplastó la diversidad cultural, sino que por el contrario la protegió adaptando la celebración de la liturgia a cada pueblo. Juan Pablo II lo dijo con una imagen inolvidable: la Iglesia debe respirar con sus dos pulmones. Cuando uno se cierra, el Cuerpo entero se fatiga; cuando ambos trabajan juntos, entonces el Cuerpo entero respira mejor y es más eficiente. Para aquellos que temen la homogeneización, el dato histórico es claro: una sola fe; muchas formas. Un timón (Cristo) y una carta náutica (la Tradición y Escritura), muchas velas (diversas liturgias y ritos) sirviendose del mismo Viento del Espíritu. Al final Dios busca adoradores “en espíritu y en verdad” (Juan 4:23): no uniformes y mecánicos, pero sí en comunión y remando en la misma dirección.
¿Por qué no se hundió la barca de la Iglesia Universal?

Si la Iglesia hubiera sido una ingeniería de poder, habría naufragado con cada cambio de imperio; si fuera un museo, se habría vuelto irrelevante en la actualidad; si fuera un aparato de propaganda, se habría disuelto con cada moda cultural. Sin embargo, la historia y los datos muestran otra cosa: La iglesia ha sido Testimonio de la Verdad y logrado mantener la unidad y la comunión en medio de una diversidad real. Nicea fijó el timón; Agustín pensó la travesía con lucidez; los monasterios tejieron en silencio la cultura en lo pequeño; los misioneros se jugaron la vida por amor a los perdidos; y los ritos, en lenguas distintas, cantaron la misma fe. Cada caída de reinos dejó a su paso escuelas, hospitales y bibliotecas enteras salvadas de la desaparición.
No se puede hacer la vista ciega e ignorar las sombras de la Iglesia en forma de crisis, egoísmos y pecados. Por esto mismo, el corazón la Iglesia católica es sobrio pues no fue producto del cálculo humano, sino de la fidelidad de Dios para sostenerla. Como escribió Joseph Ratzinger: “La Iglesia subsiste no porque tenga poder, sino porque tiene sentido” (Fe, verdad y tolerancia, 2003). Es un sentido que no impone uniformidad ni borra culturas, sino que las preserva y dignifica.
La barca ha cruzado tormentas que parecían definitivas e insalvables y, aun así, preservó y adelantó la cultura, mantuvo encendida la lámpara de la caridad y sostuvo lo esencial: la fe apostólica, los sacramentos, la sucesión de Pedro, la Escritura. Por eso seguimos a bordo. Porque la Iglesia no es nuestra; es de Cristo. Y Cristo no abandona lo que es suyo. El mar cambia, las ráfagas van y vienen, pero la dirección permanece: hacia la Ciudad de Dios. “Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20) es el juramento del Capitán.
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